Naturaleza

La naturaleza «desconfinada» sorprende a una ciudad en cuarentena por la Covid-19

La drástica reducción de la presencia humana tanto en el litoral como en el interior de Málaga ha provocado que la fauna silvestre que linda con el ladrillo se deje ver

Las imágenes de animales silvestres campando por las ciudades desiertas debido al confinamiento han causado estupor en las redes sociales. Sin embargo, la naturaleza que linda con las urbanizaciones nunca ha llegado a irse, sino que vive apartada de una actividad humana a la que rehuye

Flamencos descansando en la orilla de la Misericordia, jabalíes al galope por el Limonar, zorros en el centro de Torremolinos, delfines curioseando por las dársenas malagueñas€ la cuarentena ha reducido la presencia humana a niveles históricos en aquellos feudos de la flora y la fauna que el ladrillo y la actividad invasora ha desplazado y recluido gradualmente. Ahora, una naturaleza desconfinada sorprende a la población pese a que nunca se fue del todo.

«Hasta la ciudad más grande nació en el campo», ataja Antonio Tamayo, agente de Medioambiente de la Junta de Andalucía. «En ese campo donde se instalaron las urbanizaciones vivía una flora y una fauna que a medida que la ciudad se ha instalado y ha ido creciendo la ha ido desplazando, la hemos ido confinando».

La falta de actividad en las calles, el silencio, la inaudita tranquilidad de la metrópolis malagueña ha favorecido, según Tamayo, que especies más «oportunistas» como el jabalí o el zorro penetren en la ciudad en busca, por ejemplo, de alimento, pero siempre han vivido colindantes a las urbanizaciones: «Si antes se acercaban a la primera calle que lindaba con su hábitat, con el confinamiento y no encontrarse a nadie, van a llegar a la segunda calle, a la tercera, a la cuarta… van a internarse más en la ciudad porque no está el humano con el se toparía y haría que se volviera».

De la misma forma ocurre en los entornos rurales y los parajes protegidos, como la propia desembocadura del Guadalhorce en la capital, donde la presencia humana puede llegar hasta las 250 personas un fin de semana y que con el confinamiento se ha eliminado por completo. Las especies ya no sufren esa «molestia desapercibida» e incluso van ocupando zonas que habían abandonado por completo como, por ejemplo, las playas:

«En nuestra provincia, las playas son parques temáticos, de uso exclusivo para nosotros los humanos. Para nosotros los malagueños la imagen de una playa como un ecosistema es una cosa muy alejada, nadie se lo plantea, porque en Málaga vivimos de la playa, vivimos del turismo…», critica Tamayo. Para este agente medioambiental, las playas de Málaga carecen de su flora y fauna endémica debido a la limpieza diaria con tractores, a la regeneración artificial y al propio uso humano, por lo que han perdido la definición de ecosistemas: «Ahora son una transición entre el ladrillo, la arena y el agua».

Sin embargo, el confinamiento prolongado está provocando que la fauna recupere posiciones en el litoral malagueño, como ese grupo de flamencos que paró a descansar en la Misericordia para retomar su ruta migratoria hacia Fuente de Piedra y otros humedales andaluces así como del norte de África. «Solo hace falta levantar la mirada del asfalto porque esos flamencos en vuelo es frecuente que pasen por delante de nuestras playas cuando están masificadas y casi no cabemos ni nosotros, ¡están ahí! Lo único es que hay que saber mirar y saber que están».

Además, otras aves podrían retomar el derecho a anidar donde tradicionalmente lo han hecho, como es el caso del chorlitejo patinegro, una especie amenazada que cría en lagunas y playas, para la que esta situación inédita podría ser o bien una gran oportunidad o un gran desastre: «Puede darse el caso de que en muchas playas que tienen esa tranquilidad, algunos chorlitejos se establezcan criando y cuando se termine el confinamiento les pille justo en época de cría con los nidos y los pollos muy pequeños, lo cual puede jugarles en contra, porque al principio de la cría se encontraron un lugar desierto y fantástico, y a mediación de la cría, con los pollos ya, que no pueden dar marcha atrás, volvamos a las playas y acabemos dando al traste«, incide Antonio Tamayo.

Mar en calma

Otro majestuoso ecosistema perturbado por la actividad humana es el entorno marino, que estos días vive una suerte de vacaciones debido a la caída en la actividad pesquera y los desplazamientos marítimos: «Hay menos demanda local porque están cerrados los restaurantes y los hoteles que es donde más producto de pescado hay en la Costa del Sol, la presión pesquera ha disminuido», detalla Juan Jesús Martín, biólogo en el Aula del Mar, quien sostiene que por la posición de Málaga, a las puertas del mar Mediterráneo, el tráfico marítimo en sus aguas siempre es muy intenso. «Todo esto ayuda a que el mar se recupere, además como ha coincidido con la primavera, que en el mar pasa igual que en tierra, que es cuando se reproducen la mayoría de las especies marinas, eso también ha podido repercutir positivamente en la recuperación del caladero de pesca».

Para este biólogo, la crisis del coronavirus será -o debería ser- una para reflexionar sobre nuestra huella ecológica, el impacto de nuestro estilo de vida en el medio natural y si seremos capaces de cambiarlo y no retomar los mismos errores: «Podemos vivir bien pero no a costa de la naturaleza, porque al final somos parte de ella aunque la hayamos hecho nuestro paraíso de asfalto, y lo que le hacemos a la naturaleza al final nos lo estamos haciendo a nosotros mismos. Al igual que se va a hacer una desescalada, pues también una vuelta a nuestra actividad de una forma más sostenible».

En definitiva, la naturaleza no invade las ciudades sino que siempre ha sido la invadida.

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